
Hola =)
Y, siempre antes de arrancarme una máscara, el fracaso de mis ideales se vio precedido por este vacío y este silencio cruz, por esta opresión mortal, por esta soledad y falta de relaciones, por este infierno desierto y monótono causado por la desesperación y la falta de amor que debía volver a atravesar ahora.
No podía negar que con cada una de estas conmociones al final había ganado algo, un poco de libertad, de espíritu, de profundidad, pero también de soledad, de incomprensión, de frío.
¿No era más sabio y simple evitar la repetición de tantas penas, huir a tiempo? Sin dudas, era más simple y más sabio. Aunque se cumpliera aquello que se decía sobre el suicidio en el librito del lobo estepario, nadie podía quitarme la diversión de utilizar las hojas de afeitar o pistolas para ahorrarme la repetición de un proceso cuyo dolor amargo ya había tenido que probar muchas veces y con suficiente profundidad. ¡No, maldita sea! No había poder en el mundo que pudiera exigirme otro encuentro con los fantasmas de la muerte y una nueva transformación, otra encarnación cuta meta y fin no era la paz ni la tranquilidad, sino nada más que otra autodestrucción, otra obtención de una forma nueva para mi mismo. Aunque el suicidio sea tonto, cobarde y miserable, aunque se trate de una salida de emergencia sin fama ni gloria…cualquier salida de este lecho de lágrimas, aun la más despreciable, era algo que se podía desear con fervor. Ya no había lugar para ningún juego de noblezas y heroísmos; me encontraba ante la simple elección entre un dolor minúsculo y pasajero o una pena ardiente e infinita.
No había apuro: mi decisión de morir no era el capricho de una hora sino una fruta madura, duradera, que había crecido lentamente y ganado peso, que el viento del destino había mecido con suavidad y que sería derribada por su próximo golpe.
Tomaba una preparación fuertemente narcotizante cuando alguna dolencia inesperada del cuerpo me torturaba hasta no soportarla más. Lamentablemente no era el método adecuado para suicidarme; ya lo había probado unos cuantos años atrás.
En cuanto me sintiera así otra vez tan mal como para tener que recurrir al opio, en lugar de beber del pequeño alivio, me permitiría beber del grande, la muerte. Y hablo de una muerte segura, confiable, con una bala o con la hoja de afeitar.
Dentro de un año o dentro de un mes, tal vez ya mañana…la puerta estaba abierta.
No podía negar que con cada una de estas conmociones al final había ganado algo, un poco de libertad, de espíritu, de profundidad, pero también de soledad, de incomprensión, de frío.
¿No era más sabio y simple evitar la repetición de tantas penas, huir a tiempo? Sin dudas, era más simple y más sabio. Aunque se cumpliera aquello que se decía sobre el suicidio en el librito del lobo estepario, nadie podía quitarme la diversión de utilizar las hojas de afeitar o pistolas para ahorrarme la repetición de un proceso cuyo dolor amargo ya había tenido que probar muchas veces y con suficiente profundidad. ¡No, maldita sea! No había poder en el mundo que pudiera exigirme otro encuentro con los fantasmas de la muerte y una nueva transformación, otra encarnación cuta meta y fin no era la paz ni la tranquilidad, sino nada más que otra autodestrucción, otra obtención de una forma nueva para mi mismo. Aunque el suicidio sea tonto, cobarde y miserable, aunque se trate de una salida de emergencia sin fama ni gloria…cualquier salida de este lecho de lágrimas, aun la más despreciable, era algo que se podía desear con fervor. Ya no había lugar para ningún juego de noblezas y heroísmos; me encontraba ante la simple elección entre un dolor minúsculo y pasajero o una pena ardiente e infinita.
No había apuro: mi decisión de morir no era el capricho de una hora sino una fruta madura, duradera, que había crecido lentamente y ganado peso, que el viento del destino había mecido con suavidad y que sería derribada por su próximo golpe.
Tomaba una preparación fuertemente narcotizante cuando alguna dolencia inesperada del cuerpo me torturaba hasta no soportarla más. Lamentablemente no era el método adecuado para suicidarme; ya lo había probado unos cuantos años atrás.
En cuanto me sintiera así otra vez tan mal como para tener que recurrir al opio, en lugar de beber del pequeño alivio, me permitiría beber del grande, la muerte. Y hablo de una muerte segura, confiable, con una bala o con la hoja de afeitar.
Dentro de un año o dentro de un mes, tal vez ya mañana…la puerta estaba abierta.
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